Nuestra Señora de la Aurora

La Virgen de la Aurora es obra del imaginero sevillano Antonio Dubé de Luque realizada en 1978 y, como todas las suyas, bastante personalista e individualizadora respecto a las obras de sus coetáneos. Dubé es un ejemplo del artista creador “per se” de un sello y un estilo propios e inconfundibles de sus compañeros en la escuela neobarroca de escultura.

La Virgen de la Aurora es novedosa con respecto a su restante producción ya que es una imagen en la que se ha superado el sufrimiento sereno expresado por las deliciosas miradas incólumes, meditativas y pensadoras de las que hace gala en otras imágenes procesionales suyas.

La personalidad de Dubé hace asimismo aquí una exquisita recreación de su arquetipo femenino, de esa expresión y concepción ideales que tiene del rostro femenino y que tan frecuentemente repite, aunque con las lógicas variantes que la situación impone. Todos los rostros se reducen a uno, el ideal, y quizás la Virgen de la Aurora sea, si no la ideal, sí una de las más acertadas y cercanas visiones de ese canon dubediano de la belleza divina.

Por otra parte, la dicotomía personalista mas no egocéntrica de Dubé (dada su calidad de autodidacta –aprendizaje asimilando experiencias, impresiones…– y por ello la influencia prácticamente nula de la imaginería contemporánea), crea en esta imagen una impronta muy marcada y pura, sin amalgamas estilísticas de otros imagineros: sólo la suya. Así los ojos son dulces, grandes, ingenuos, profundamente negros y vivaces, rebosantes de dulcísima melancolía y serenidad ante el triunfo del Hijo. Las cejas delineadas a base de un solo trazo no manifiestan ningún tipo de angulosidad. La arcada ciliar y el tabique nasal muestran la mano de un excelente experto en modelado y dibujo ante la seguridad con que ambos se aplican, sin endurecer la suavidad del contexto facial. Los labios delicados y entreabiertos expresan un excelente estudio de morfología anatómica, a la vez que un bello afán estético de pureza neoplatónica, con los que plasma así una boca rebosante de humildad y dulzura consubstanciales con el Sagrado Modelo, y casi conexos con el ideal de belleza pagana. El mentón aparece modulado con suavidad, con el característico hoyuelo de tanta raigambre en las tipologías faciales de las escuelas escultóricas andaluzas. El óvalo en el que geométrica y espacialmente se inscriben los rasgos del rostro se perfecciona por la exacta medición de proporciones entre los mismos. La frente corta y el cuello elegantemente trazado mantienen la perfección formal de la imagen que nos induce a catalogarla como manifestación notable del arte del Antonio Dubé.

La característica lividez de la policromía dubediana se torna aquí cándido aporcelanamiento rosáceo, que se esparce por la superficie cutánea con graciosas y bellísimas subidas de color en las mejillas, y que le dan a la escultura una presencia fina y delicada, mas no enfermiza, como se ha señalado. Todo, en suma, responde a una concepción aristocrática y elegante del personaje representado, en este caso la Virgen, no permitiendo el autor que ni siquiera pequeños detalles tales como la policromía alteren la serenidad emanada del conjunto y así lo subraya la intensa, pero sabiamente gradada, tonalidad cromática de la boca, discordante si fuera una tonalidad más viva con lo que la morfología de la figura requiere.

En conclusión, podemos considerar a esta Virgen de la Aurora como obra devocional y comunicativamente dispuesta a establecer la relación cultual-espiritual con el espectador al que maternalmente sonríe sin estridencias y sin gestos rebuscados, tal como la naturaleza plantea, probándole al espectador su sinceridad y su afecto mediante su sencillez y su dulzura.

Texto: © Juan Antonio Sánchez López. Málaga, 1985 (extracto)

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